LONDRES – El capitalismo enfrenta al menos tres grandes crisis. Una crisis sanitaria inducida por la pandemia, que rápidamente encendió la mecha de una crisis económica con consecuencias todavía desconocidas para la estabilidad financiera, y todo esto en el contexto de una crisis climática que no admite respuesta dentro del paradigma actual («business as usual»). Hasta hace apenas dos meses, las imágenes inquietantes de trabajadores agotados que colmaban los medios noticiosos no eran de personal médico, sino de bomberos.

De Mariana Mazzucato

Esta triple crisis ha revelado varios problemas en el modelo de capitalismo actual, que deben resolverse íntegramente mientras al mismo tiempo enfrentamos la emergencia sanitaria inmediata. De lo contrario, sólo resolveremos problemas en un lugar y crearemos nuevos problemas en otro. Es lo que sucedió con la crisis financiera de 2008. Las autoridades inundaron el mundo de liquidez sin dirigirla hacia buenas oportunidades de inversión; eso llevó a que el dinero fluyera de nuevo hacia un sector financiero que fue (y sigue siendo) incapaz de cumplir su función. La crisis de la COVID-19 está exponiendo todavía más defectos en las estructuras económicas, en particular la creciente precariedad del trabajo, debida al surgimiento de la economía de plataformas y a décadas de deterioro del poder de negociación de los trabajadores. Para la mayoría de la gente, el teletrabajo sencillamente no es opción; y si bien los gobiernos están dando alguna ayuda a los trabajadores con contrato formal, los autoempleados podrían quedar abandonados a su suerte. Peor aún, los gobiernos están dando préstamos a las empresas en un momento en que la deuda privada ya se encuentra en un nivel históricamente alto. En Estados Unidos, la deuda total de los hogares justo antes de esta crisis era 14,15 billones de dólares (1,5 billones de dólares más que en 2008, en términos nominales). Y no olvidemos que un alto nivel de deuda privada provocó la crisis financiera global. Por desgracia, durante la última década muchos países aplicaron medidas de austeridad, como si la deuda pública fuera el problema. El resultado fue un debilitamiento de las mismas instituciones públicas que necesitamos para superar crisis como la pandemia de coronavirus. Desde 2015, el Reino Unido redujo el presupuesto sanitario en mil millones de libras (1200 millones de dólares), lo que aumenta la presión sobre los médicos en formación (muchos directamente abandonaron el Servicio Nacional de Salud) y reduce las inversiones a largo plazo que se necesitan para que los pacientes reciban tratamiento en establecimientos seguros, modernos y bien provistos de personal. Y en Estados Unidos (que nunca tuvo un sistema de salud pública bien financiado) la administración Trump lleva tiempo tratando de recortar fondos y capacidades a los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), además de otras instituciones cruciales. Como si estos daños autoinfligidos no bastaran, un sector empresarial excesivamente «financierizado» ha estado extrayendo valor de la economía para premiar a los accionistas con planes de recompra de acciones, en vez de apuntalar el crecimiento a largo plazo invirtiendo en investigación y desarrollo, salarios y capacitación de los trabajadores. Eso dejó a los hogares desprovistos de colchones financieros, lo que les dificulta el acceso a bienes básicos como la vivienda y la educación.
La mala noticia es que la crisis de la COVID-19 está exacerbando todos estos problemas. La buena noticia es que podemos usar el estado de emergencia actual para comenzar a crear una economía más inclusiva y sostenible. No se trata de postergar o impedir el apoyo estatal, sino de estructurarlo correctamente. Tenemos que evitar los errores de la era post-2008, cuando los programas de rescate permitieron a las corporaciones aumentar todavía más sus ganancias al terminar la crisis, pero no sentaron las bases para una recuperación sólida e inclusiva.
Esta vez, las medidas de rescate sí o sí tienen que ir acompañadas de condiciones. Ahora que el Estado va a ser otra vez actor principal, hay que darle el papel del héroe, no el del ingenuo que paga los platos rotos. Eso implica proveer soluciones inmediatas, pero pensadas de modo tal que sirvan al interés público en el largo plazo. Por ejemplo, condicionar la ayuda estatal a las empresas a que estas no despidan empleados, y asegurarse de que cuando la crisis termine, invertirán en capacitación de los trabajadores y en mejorar las condiciones laborales. Mejor aún, los gobiernos deberían (como en Dinamarca) ayudar a las empresas a seguir pagando los salarios de los empleados que no estén trabajando: eso permitirá, simultáneamente, proteger las fuentes de ingresos de los hogares, prevenir la propagación del virus y facilitar a las empresas el reinicio de la producción cuando la crisis haya terminado. Además, los programas de rescate deben estar diseñados de modo de incentivar a las empresas más grandes a recompensar la creación de valor en vez de su mera extracción; esto incluye prevenir las recompras de acciones y alentar inversiones en crecimiento sostenible y reducción de la huella de carbono. El año pasado la asociación estadounidense de empresas Business Roundtable declaró su voluntad de adoptar un modelo de creación de valor para todas las partes interesadas (no sólo los accionistas); esta es la ocasión de respaldar las palabras con acciones. Si ahora el empresariado estadounidense empieza a poner peros, entonces hay que denunciar que aquello fue un engaño. En lo referido a los hogares, los gobiernos no deben quedarse con el otorgamiento de préstamos, sino considerar la posibilidad de un alivio de deudas, especialmente en vista de los altos niveles de deuda privada que hay en la actualidad. Como mínimo, los pagos a acreedores deben congelarse hasta que la crisis económica inmediata esté resuelta, y hay que destinar las inyecciones de dinero en efectivo a los hogares más necesitados. Además, Estados Unidos debe respaldar con garantías oficiales el pago de entre el 80 y el 100% de las nóminas salariales de las empresas afectadas (como han hecho el RU y muchos países asiáticos y de la Unión Europea). También es hora de reconsiderar el modelo de alianza público-privada. Ocurre muy a menudo que estos esquemas tengan más de parasitismo que de simbiosis. La búsqueda de una vacuna para la COVID-19 puede convertirse en otra relación unidireccional, en la que las corporaciones obtienen enormes ganancias vendiendo a la gente un producto derivado de investigaciones financiadas por los contribuyentes. De hecho, pese a la importante inversión pública con dinero de los contribuyentes estadounidenses en el desarrollo de una vacuna, hace poco el director del Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos, Alex
Azar, admitió que los tratamientos y vacunas que se desarrollen para combatir la COVID-19 tal vez no estén al alcance de todos los estadounidenses. Necesitamos con urgencia estados emprendedores que inviertan más en innovación en áreas como la inteligencia artificial, la salud pública, las energías renovables, etcétera. Pero esta crisis es un recordatorio de que también necesitamos estados que sepan cómo negociar, para que los beneficios de las inversiones hechas con dinero de la gente vuelvan a la gente. Un virus asesino ha expuesto grandes falencias en las economías capitalistas occidentales. Ahora que los gobiernos están en pie de guerra, tenemos una oportunidad de arreglar el sistema. Si no lo hacemos, no tendremos ninguna chance frente a la tercera gran crisis (la creciente inhabitabilidad del planeta) y todas las otras más pequeñas que traerá aparejadas en los años y décadas que vendrán. Traducción: Esteban Flamini


Las dos pandemias

Mar 31, 2020 Robert J. Shiller
NEW HAVEN – Estamos sintiendo los efectos de ansiedad no sólo de una pandemia sino de dos. Primero, existe la pandemia del COVID-19, que nos pone ansiosos porque nosotros, o la gente que amamos, en cualquier parte del mundo, pronto podría enfermarse gravemente y hasta morir. Y, segundo, existe una pandemia de ansiedad sobre las consecuencias económicas de la primera.
Estas dos pandemias están interrelacionadas, pero no son el mismo fenómeno. En la segunda pandemia, las historias de miedo se han vuelto tan virales que muchas veces pensamos en ellas constantemente. El mercado bursátil se ha venido desmoronando como una roca, aparentemente en respuesta a historias de cómo el COVID-19 agotará los ahorros de toda nuestra vida si no tomamos algún tipo de medida. Pero, a diferencia del propio COVID-19, la causa de nuestra ansiedad es que no estamos seguros de qué medida tomar. No es una buena noticia cuando dos pandemias acechan simultáneamente. Una puede alimentar a la otra. Los cierres de los negocios, el alza del desempleo y la pérdida de ingresos agudizan la ansiedad financiera que, a su vez, puede disuadir a la gente, desesperada por trabajar, de tomar las precauciones adecuadas contra la propagación de la enfermedad. Por otro lado, no es una buena noticia cuando dos contagios, en realidad, son pandemias globales. Cuando una caída en la demanda está confinada a un país, la pérdida se propaga parcialmente en el exterior, mientras que la demanda de las exportaciones del país no disminuye demasiado. Pero, esta vez, esa válvula de seguridad natural no funcionará, porque la recesión amenaza a casi todos los países. Muchas personas parecen suponer que la ansiedad financiera no es nada más que una consecuencia directa de la crisis del COVID-19 –una reacción perfectamente lógica ante la pandemia de la enfermedad-. Pero la ansiedad no es perfectamente lógica. La pandemia de ansiedad financiera, que se propaga a través de una reacción aterrada ante las caídas de precios y los discursos cambiantes, tiene vida propia. Los efectos que tiene la ansiedad financiera en el mercado bursátil pueden estar mediados por un fenómeno que el psicólogo Paul Slovic de la Universidad de Oregon y sus colegas llaman “heurística de la afectividad”. Cuando la gente está emocionalmente perturbada por un hecho trágico, reacciona con miedo inclusive en circunstancias donde no hay razón para tener miedo.
En un estudio que realicé conjuntamente con William Goetzmann y Dasol Kim, descubrimos que los terremotos cercanos afectan el criterio de probabilidad que tiene la gente de un derrumbe bursátil como el de 1929 o 1987. Si hubo un terremoto sustancial en un radio de 48 kilómetros en los 30 días previos, la evaluación de los participantes de la probabilidad de una crisis era significativamente más alta. Ésa es la heurística de la afectividad en acción.
Podría tener más sentido esperar una caída del mercado bursátil como consecuencia de una pandemia de enfermedad que de un terremoto reciente, pero tal vez no una caída de la magnitud que vimos recientemente. Si en general se creyera que un tratamiento podría limitar la intensidad de la pandemia del COVID-19 a una cuestión de meses, o inclusive que la pandemia duraría un año o dos, eso sugeriría que el riesgo de un derrumbe bursátil no es tan grande para un inversor de largo plazo. Uno podría comprar, retener y esperar para vender. Pero un contagio de ansiedad financiera funciona de manera diferente que un contagio de enfermedad. Está alimentado en parte porque la gente percibe la falta de confianza de los otros, reflejada en las caídas de los precios, y la reacción emocional de los otros ante las caídas. Una burbuja negativa en el mercado bursátil ocurre cuando la gente ve que los precios caen y, al intentar descubrir por qué, empieza a agrandar las historias que explican la caída. Luego los precios caen en los días subsiguientes, una y otra vez. Observar caídas sucesivas de los precios de las acciones crea una fuerte sensación de remordimiento para quienes no han vendido, junto con un miedo de que uno podría terminar vendiendo en el valor más bajo. Este remordimiento y miedo ceban el interés de la gente en los relatos de ambas pandemias. Adónde va el mercado a partir de ahí depende de su naturaleza y evolución. Para ver esto, consideremos que el mercado bursátil en Estados Unidos no se desplomó cuando, en septiembre-octubre de 1918, los medios empezaron a cubrir la pandemia de la gripe española que terminó cobrándose 675.000 vidas en Estados Unidos (y más de cincuenta millones en todo el mundo). Por el contrario, los precios mensuales en el mercado norteamericano tuvieron una tendencia alcista desde septiembre de 1918 hasta julio de 1919. ¿Por qué el mercado no se derrumbó? Una explicación posible es que la Primera Guerra Mundial, que se aproximaba a su fin después de la última batalla importante, la segunda batalla del Marne, en julio-agosto de 1918, eclipsó la historia de la gripe, especialmente después del armisticio en noviembre de ese año. La historia de la guerra probablemente fue más contagiosa que la historia de la gripe. Otra razón es que la epidemiología recién estaba en sus albores en ese momento. Los brotes no eran tan predecibles, y la población no creía del todo en el consejo de los expertos: la adhesión de la gente a las medidas de distanciamiento social era “descuidada”. Es más, por lo general se creía que las crisis económicas eran crisis bancarias, y no había ninguna crisis bancaria en Estados Unidos, donde se pregonaba que el Sistema de la Reserva Federal, creado apenas unos años antes, en 1913, servía para eliminar ese riesgo. Pero quizá la razón más importante por la que se acallaron los relatos financieros durante la epidemia de gripe de 1918 sea que menos personas tenían acciones hace un siglo, y el ahorro para el retiro no era una preocupación como lo es hoy, en parte porque la gente no vivía tanto y, por lo general, dependía más de la familia si eso sucedía. Esta vez, por supuesto, las cosas son diferentes. Vemos el pánico de los compradores en los almacenes locales, a diferencia de 1918, cuando las escaseces de tiempos de guerra eran episodios regulares. Apenas dejamos atrás la Gran Recesión y, ciertamente, somos muy conscientes de la posibilidad de caídas importantes en los precios de los activos. En lugar de una guerra mundial trágica, esta vez a Estados Unidos le preocupa su propia paralización política, y se habla mucho del mal manejo de la crisis por parte del gobierno federal. Predecir el mercado bursátil en un momento como éste es difícil. Para hacerlo bien, tendríamos que predecir los efectos directos en la economía de la pandemia de COVID-19, así como los efectos reales y psicológicos de la pandemia de ansiedad financiera. Las dos son diferentes, pero inseparables.

Fuente: Clarin.com